Viaje al gran museo de la UEquipo periodístico,Unimedios
Hace algunos años, el profesor Edmon Castell creó en Cataluña el Museo del Viento (www.museudelvent.net), un lugar para entender el viento como fenómeno meteorológico y como cultura. Hoy está metido de lleno en una tarea monumental: coordinar el proyecto para crear un Sistema de Patrimonio y Museos de la Universidad Nacional de Colombia.
Cuatro meses atrás, el profesor Castell llegó a una certeza: “Solo por volumen de artefactos, las 20 colecciones e instituciones museales de la Universidad constituyen el museo más grande y diverso de Colombia”. Calcula que la colección llega al millón de piezas, cifra que dejaría en segundo lugar al Museo del Oro, con 50 mil, en tercer lugar al Museo de la Universidad de Antioquia, con 48 mil, y en cuarto lugar al Museo Nacional, con 20 mil.
“Pero lo que realmente importa no es la cantidad, sino la diversidad. El ámbito de actuación de este sistema-museo es prácticamente ilimitado, puede hablar de cualquier cosa del universo. Esa es su fortaleza más importante”, sostiene Castell.
Además el Sistema de Patrimonio y Museos de la Universidad Nacional no solo está en Bogotá. Las otras sedes permiten que sea descentralizado, que no esté confinado en un solo espacio y que su radio de acción sea amplio. Después de advertir estas ventajas, comenzamos el largo recorrido.
De todo para todos
Llegamos al Museo de Historia Natural, con sus nueve recintos. Al entrar nos encontramos con un zoológico, donde se destacaba un cóndor enorme que habitó en la Universidad en la década de 1970 y era alimentado con mollejas de pollo por el maestro Obregón. Cuando murió, fue disecado y ahora reposa en el área de las aves.
Vimos también el esqueleto de una ballena de nueve metros y con solo hundir un botón pudimos escuchar su canto. Decenas de niños de colegio se agolparon alrededor de ella y con su natural curiosidad hundían cuanto botón aparecía para buscar una respuesta o un sonido que pudiera devolverlos años atrás. No sabían ellos que estaban frente a la única ballena interactiva de Latinoamérica. Unos metros más allá vimos un tablero electrónico que mostraba las especies más exóticas de la biodiversidad colombiana.
El recorrido se hacía extenso, pero crecía la curiosidad. Entonces llegamos al Museo de Arquitectura. Y entre dibujos, documentos y maquetas pudimos observar la colección de planos del arquitecto Fernando Martínez Sanabria y los planos de la Ciudad Universitaria de Bogotá, diseñada por el alemán Leopoldo Rother. El trazado imitaba la silueta de un búho, símbolo del conocimiento.
Más tarde pasamos al Museo de Arte. Vimos una colección de las primeras réplicas de esculturas, grabados y calcografías del Museo de Louvre, el British Museum y otros europeos, que dan cuenta de la historia del arte universal. Traída por el maestro Roberto Pizano en 1926, la colección tiene obras como un busto de medio cuerpo del dios Amon (arte egipcio, 1350 a.c.) y el Trono de Ludovisi (arte griego, 450 a.c.). Y vimos también los óleos de Carlos Rojas, Luis Caballero, Juan Antonio Roda y el Mural para una fábrica socialista, de Beatriz González.
Era imposible detenerse en cada una de las piezas. Las visitas transcurrían con mayor velocidad, pero no podíamos dejar de lado el Museo de Historia de la Medicina. Allí vimos microscopios del Renacimiento y el Barroco, el primer respirador artificial de principios del siglo XX, un electrocardiógrafo portátil y morteros para hacer píldoras. Fuimos sorprendidos por una colección dermatológica, única en el mundo, de mascarillas de cera, de tamaño natural, que con crudo realismo nos permitieron observar patologías típicas de la época, como tuberculosis, lepra y sífilis.
Después visitamos el Museo de la Ciencia y el Juego, donde los niños agotaban su curiosidad en la sala interactiva. Una de las secciones que más los atrajo fue la del mundo de las burbujas, que les enseña el principio físico de la tensión superficial del agua. Este fue el primer centro interactivo de ciencia que se inauguró en Colombia, el segundo en Suramérica y el tercero en toda Latinoamérica y el Caribe. Sus servicios son múltiples: visitas guiadas, venta de material didáctico, realización de montajes interactivos, talleres para diversos públicos, formación de profesores, alquiler temporal de montajes del museo para exposiciones, y hasta asesoría en la creación de pequeños museos interactivos.
Cuando caía la tarde llegamos al Museo Entomológico. Su director, el profesor Édison Torrado, calculó que allí había cerca de 70.000 insectos, organizados en 15 órdenes y 200 familias. Sin mucho tiempo a nuestro favor, vimos reposando a la hormiga arriera, que tiene la costumbre de arrancar pequeños pedazos de hojas y, en fila ordenada, transportarlos en sus espaldas hasta su nido. Y vimos también a la hormiga loca, llamada así por el nerviosismo con que se mueve.
Las cinco áreas del Museo Entomológico (taxonómica central, taxonómica didáctica, insectos inmaduros, económica didáctica y publicaciones taxonómicas) les permiten a cultivadores, investigadores y estudiantes profundizar en el mundo de los insectos que habitan nuestro país.
Era inocultable nuestro deslumbramiento, pero aún faltaba mucho por ver y descubrir. Por ejemplo, el Museo Paleontológico, ubicado en Villa de Leiva. Allí reposa un saurio de hace 540 millones de años, proveniente de Bolivia. También está el fósil de un banano de hace 130 millones de años. También se exhiben fósiles de vertebrados, saurios marinos, peces y restos de plantas.
Quedamos con deseos de ver el Museo Interactivo de Manizales, llamado Samoga, que significa “lugar del asombro” en la lengua de la cultura nativa Umbra. La sala de exposiciones cuenta con diversos módulos correspondientes a energías, luz, hidráulica, manejo mecánico de un automóvil, poleas, agua, multiplicación de la imagen y formación de burbujas. Samoga coordina los programas del Observatorio Astronómico de Manizales (OAM) y su Planetario Móvil.
Hubiésemos querido ir al Museo de Insectos de la Sede Palmira, donde es posible encontrar la Thysania agrippina, una de las mariposas más grandes, cuyas alas llegan a medir hasta 25 centímetros. Un tercer museo entomológico se encuentra en Medellín. Allí pueden verse avispas papeleras, llamadas así porque construyen su panal de papel. También están las mántides que giran la cabeza 360 grados. Una de las que más llama la atención es la mantis religiosa. Le dicen así porque su posición corporal hace pensar que está rezando. La palabra mantis en griego significa profeta.
En medio de tantas sorpresas, faltaba hacer mención del Museo Organológico Musical. Un total de 240 piezas, entre las que hay instrumentos y grabaciones de la música tradicional colombiana. Su colección cuenta con exponentes de las cuatro familias de instrumentos –cordófonos, aerófonos, idiófonos y membranófonos–, que han sido construidos e interpretados por comunidades indígenas o campesinas de nuestro país y que en ocasiones vienen de otras latitudes.
Ese es el caso de los instrumentos originales donados por la Ópera China a la Universidad Nacional en su visita de 1963. Allí encontramos el Ju chin y el Er gu, dos cordófonos elaborados con cuerdas de seda, piel de culebra, crin de caballo y bambú, que en el país asiático son clasificados como instrumentos de seda.
Faltaron muchas piezas por ver. No fuimos testigos de las 43 mil especies de plantas del Museo Herbario, de Medellín, las 2.778 piezas del Museo de Mineralogía o los 1.400 objetos relacionados con el mundo de los hongos. Fue imposible abordar la totalidad de este descomunal sistema-museo, el más grande y diverso de Colombia, que se extiende por el país con más de un millón de piezas. La visita terminó cuando caía la noche. Después de un día de sorpresas tuvimos que volver al ruido de la gran ciudad.
Fuente:
http://unperiodico.unal.edu.co/ediciones/102/11.html
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